CHIVILCOY – BUENOS AIRES – ARGENTINA

FUNDACION DEL PARTIDO DE CHIVILCOY

El 21 de octubre de 1854 estaba reunida en las chacras de Federico Soárez la comisión especial de diez vecinos designados por el gobierno para elegir el terreno, integrada por Manuel Villarino, Manuel López, Antonio Bermejo, Mariano Benítez,  Gabriel Ramírez, Anastasio Chavez, Calixto Calderón y Valentín Coria,  faltando solamente Cayetano Castro. Después de un almuerzo criollo se discutió con animación el punto que había motivado la cita, y hasta con cierto explicable calor, sin poderse llegar a nada definitivo. Se convino, en cambio, la mecánica del procedimiento, el protocolo de la fundación: Una pala nueva clavada en la tierra virgen,  marcaría el centro exacto del futuro pueblo. El gesto elegido era bello, sencillo  y sugestivo, aquel hondo surco que trazaron los labradores romanos para cercar EL PRIMER RECINTO DE LA CIUDAD ETERNA. La pala era el elemento de labor, la única arma de los hijos de la tierra de pan y de paz, hincada en la tierra simbolizaba su fecunda unión con el acero. Así, bajo estos auspicios contradictorios, al rayar el alba del 22 de octubre de 1854, salían de la chacra de Soárez  en entusiasta caravana los caballeros citados, rodeando una galera que el anfitrión manejaba personalmente.En el interior viajaban Calixto Calderón y Manuel Villarino, llevando además de la pala, los útiles de escritorio necesarios para levantar el acta. En el trayecto grupos de vecinos prevenidos iban engrosando la columna, llegando a formar un abigarrado escuadrón de mas de 300 jinetes. Así marcharon recorriendo los lotes de Gowlan, López, Cranwell y otros con larga pausa, discutiendo la ventaja e inconvenientes de los diversos lugares, hasta que los cuadros de la tarde, ya agotado el debate y el día declinado, en el monte de Sánchez (hoy de Pechihue), al otro lado de la cañadita, los sostenedores de la primera tesis pretendieron imponerla de viva fuerza, materializándola en el gesto simbólico inapelable de la pala. No lograron su intento, sin embargo Soárez ayudado por López, Chaves y Coria, castigó su cadenero y arrancó al galope largo en demanda del terreno al este de la cañada. Los demás seguían desparramados en la galerita que saltaba como corcho sobre hormigueros y viscacheras, sorteando las matas de pajas que ponían en peligro su dudosa estabilidad. Al otro lado del bajo, tomados los tranqueros de la rienda por Mariano Benitez que le salió al cruce, parecía que allí habían de terminar las singulares alternativas de la fundación (frente a la fonda oriental),  pero Coria, joven y ágil, tomó la disputa de la pala y corrió con ella, perseguido por los demás compañeros empeñados en darle alcance. Finalmente fue rodeado y volteado, pero ya la hoja bruñida del instrumento estaba reciamente hincada en tierra, marcando el centro de la nueva población. Apaciguado los ánimos turbulentos y definida la curiosa competencia, a las 5 de la tarde se extendió el acta de la fundación del pueblo de Chivilcoy.